El caso de Nevenka Fernández como paradigma

 

Durante las última semanas hemos estado observando, entre atónitas y escandalizadas, como en el juicio al alcalde de Ponferrada, Ismael Alvarez, por un delito de acoso sexual se disparaban todos los dispositivos más primitivamente sexistas, cómo salían a la luz aquellos fantasmas del machismo más rancio que, a las alturas del año en que vivimos, resulta ya del todo injustificable. No quisimos decir nada durante el juicio, pero ahora, con una sentencia en firme y con todo lo que hemos tenido que ver y oír, nos sentimos obligadas a poner en común algunas reflexiones.

Las autoras que firmamos estas líneas, publicamos en el año 2000 un exhaustivo estudio que habíamos llevada a cabo en nuestra Universidad, la Universidad de las Islas Baleares, sobre acoso sexual, concretamente sobre las diferentes percepciones y valoraciones que en relación con este tipo de delito hacían el profesorado y el alumnado, utilizando para ello un cuestionario en el que se exponía una lista de situaciones de interacción entre profesor/a y alumno/a, que iban desde interacciones socialmente neutras hasta aquellas más claramente abusivas. Todo ello nos sirvió para darnos cuenta de hasta qué punto existen diferencias entre la valoración de lo que debe se considerado acoso sexual por parte de los hombres y de las mujeres. Pudimos comprobar como todavía muchos hombres siguen considerando “natural” mantener el flirteo o el coqueteo a pesar de las claras negativas por parte de las mujeres, y lo más grave todavía, pudimos comprobar como una parte (mínima, es cierto) de hombres dentro del ámbito universitario creían que el acoso sexual no existía.

Pues bien, los peores augurios se han confirmado en el caso Nevenka. Por una parte la víctima presenta un cuadro claro de alteración emocional, construido a base de amenazas reiteradas en el tiempo, de claras alusiones a su persona, de peticiones explícitas de intercambio sexual, de humillaciones en público, de tocamientos indeseados. Presenta un cuadro clínico en el que está presente el miedo, la indefensión y un profundo sentimiento de humillación. Para que no quepa ninguna duda: es el cuadro clínico común a víctimas de este tipo de delitos. Sin embargo su palabra se cuestiona continuamente durante el juicio, se saca a relucir su vida privada, sus historia sexual, se la intenta desacreditar, ella es la víctima pero se la intenta convertir en acusada. Nevenka sufre entonces lo que se conoce como victimización secundaria: el juicio de su, todavía en aquel momento, supuesto agresor, se convierte en una pesadilla, en un revivir nuevamente todos los sufrimientos humillaciones y vejaciones, pero en esta ocasión el agresor es otro hombre: el ínclito fiscal Jose Luis Ancos.

En las última décadas se ha estudiado mucho el tema de la victimización secuendaria, especialmente en mujeres víctimas de agresiones sexuales, nuevamente el caso que nos ocupa es un clarísimo ejemplo: a la víctima lejos de protegerla, se la cuestiona y se la expone a nuevos sufrimientos.

Veamos el perfil del acosador. Es un hombre con poder, al que le gusta alardear del mismo, tiene fama de mujeriego juerguista y bravucón, y, como se ha podido comprobar, no acepta un no de una mujer por respuesta. Vistas sus actuaciones y sus actitudes, tanto antes como durante y después, del juicio podemos inferir que reúne muchas de las características más “añejas” del machista, y por tanto es fácil pensar que se cree con el poder de acosar a una mujer cuando le apetezca y más aún si anteriormente ha mantenido una relación sentimental con ella: “será por mis cojones” acosador dixit (con perdón). Pero dejemos clara una cosa: no es una cuestión ni de enamoramiento ni de sexo, es una cuestión de poder, de buscar el sometimiento, la rendición de la víctima. Eso es lo que le añade una peligrosísima carga de profundidad a este tipo de delito, que está directamente relacionado con el mantenimiento de la dominación de la mujer. El acosador deja claro que aquel es su territorio y que él es el jefe de la manada y, por tanto, que dispondrá de ella cuando le plazca. Recordémoslo nuevamente, no es sexo es poder. Los sentimientos de Nevenka, sus negativas, los evidentes cambios físicos, su sufrimiento no son tenidos en cuenta por el acosador. Aunque la mujer diga no, en el fondo quiere decir si. Y así volvemos a otro de los grandes mitos sexistas: la palabra de la mujer no cuenta. Ella debe someterse, él decidir.

¿Qué decir de los argumentos del acosador? Las parejas que ella había tenido (no era una buena chica, dice subliminalmente, iba con muchos, no es de fiar); el que hubiera aceptado salir con él con anterioridad (si una vez dice sí, todas las otras debe decir nuevamente sí); y por último el guiño que manda al resto de los miembros de su caduco club machista: cuidado los españoles, que cualquier chica puede decir que le han tocado el culo y verse en un serio aprieto. Y ahí volvemos a un fantasma que sale con mucha frecuencia de su madriguera: las falsas denuncias. Pasó con los malos tratos, pasó con las violaciones, pasa con el acoso sexual. Nuevamente el mensaje misógino vocea que el rencor y afán de venganza femenino pone en peligro a los hombres, que deben protegerse entre ellos ante tamaña amenaza. Esta es la auténtica guerra de sexos, que nadie acuse a las feministas de haberla declarado. Hombres como Ismael Alvarez y su corte de encubridores y halagadores son los responsables. Es el sexismo el que pone en peligro la convivencia democrática entre hombres y mujeres, son los viejos tópicos, las falsas creencias los prejuicios contra las mujeres los que dificultan el objetivo de la igualdad entre todos y todas, es el abuso de poder. No tiene nada que ver con el sexo.

PD. ¿ Cómo es posible que callen las mujeres del PP?
 
Por Esperanza Bosch y Victoria A. Ferrer
Profesoras de la Universidad de las Islas Baleares

a página principal de género

 

Está página está alojada en
www.comunica-accion.org
Castilla y León